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Viajar de San Juan a Santo Domingo en minibus, es peor que confesarse con el diablo. (Articulo Opinión).

Parece una lucha en que el que ofrezca el peor servicio, gana. 

Imagen de archivo (un bus cualquiera)

Transportarse en una de las rutas de esta provincia hacía la ciudad capital, es la odisea más infernal que pueda tener una persona que aspire a la decencia, respeto y trato adecuado por el pago de un servicio.

Minibuses viejos que en su andar por la carretera que no está en malas condiciones, es una cantaleta de instrumentos musicales mal afinados que indudablemente desesperan al amante más empedernido de las melodías y música de buen sonar.

El que no tiene la oportunidad de pagar 50 pesos más en otro transporte donde sí te respetan, está condenado a experimentar unas cuatro y casi cinco horas confesándose con el mismísimo demonio por todas las infelicidades que vivirá en su amargo recorrido.

Imágenes de archivo (un bus cualquiera)

Al parecer es una competencia del que te dé el trato más malo en el mercado del transporte maltrecho del una vez llamado granero del sur.

El viaje lleno de peripecias empieza si lo tomas en la avenida 27 de febrero de Santo Domingo, donde un vehículo haciendo zic zac logra encontrar la señal que tú haces de ” voy pa’ San Juan” al ver tu mano indicar una curva en el espacio cosmopolita donde estas parado.

Imagen de archivo (un bus cualquiera)

Te subes y allí te encuentras con la realidad de que eres tú, y dos señoras de comunidades lejanas que te acompañan, en otros términos el vehículo va casi vacío, cosa esta que no es mala, menos despectiva, si no, que acaba de comenzar una ruta que al más preparado en la psicología angustia, desquicia y desespera, debido a que las paradas se hacen incontables, la entrada de vendedores ambulantes interminables rosándote con sus traseros mientras recorren el autobús, y la carga indiscriminada de objetos del hogar que dentro del transportador de pasajeros hace que tu estancia sea incómoda, tediosa y casi de pedir al cobrador, personaje que te cobra el pasaje desde que te subes para que si te amargas, te lances, te tires o cojas una ira de tal magnitud que te vayas a pies y le dejes el dinero.

La parada más inverosímil es la del trato que ya presuntamente tiene el chofer del bus con el dueño del parador (ventas de comida), allí le dicen a los pasajeros que solo serán cinco minutos para ir al baño y comer, pero resulta que en realidad duran 15 minutos en ese trajín, y en veces el cobrador y encargado de la puerta del susodicho autobús debe salir a sabanear a algunos que se han extraviado en el lugar citado del pacto choferil y picapollístico (palabra nueva mía), en ese lugar hay un pago mensual que le hacen al chofer por traer un montón de gentes en ese vehículo a consumir, además la comida a él y al cobrador le salen gratis.

Pero la travesía ahora es que empieza cuando los alegres comilones, unos 37 en algunos transporte de distancia vuelven y entran y toman sus asientos entre sacos llenos de víveres, artículos del hogar, algunos animalitos, una bicicleta rosada para una niña que cumple años del Atíco del Guanal atravesados entre asientos y pasillo, la multitud que se transporta inicia el gran festín, todos o un grupo y con excepciones, inician la degustación de diferentes platos de comida rápida, como pica pollos de dos y cuatro piezas, azaduritas guisada con guineítos, arroz con habichuela y un muslo salseado de pollo, sándwich entre otros manjares que hacen del ambiente espantoso, cerrado bajo aire acondicionado en las guaguas que les funcionan, una mezcla de olores tan impresionantes que el que tenga las tripas flojas, de seguro expulsara todo lo que en el día comió, y se desprenderá de unas cuantas libras.

Si la suerte te abandonó y tomaste el vehículo de letrero equivocado, es decir el que decía San Juan, lo viste como Elías Piña y la desesperación hizo que te subieras, porque el lema era llegar a tu destino, pues te guayaste, ésta montura solo puede llevarte hasta el kilómetro 5 antes de la entrada de San Juan de la Maguana, por asuntos de pleitos de asociaciones de transportistas, allí casi varado, desorientado por el trauma, te subes en un motoconcho, sin cola, con el mofler cortado, versión caco de chivo, y en la conducción un carajito viejo que no quemó la etapa de muchacho, mal oliente al sol que ha cogido todo el dia, te transporta casi en una goma y a toda velocidad que cuando llegas al frente de tu casa, lo único que tu puede hacer es ponerte las dos manos en la cabeza, luego abrir los brazos extendidos hacia el cielo, diciendo “Gracias Dios” por darme una nueva oportunidad de vida, y con ganas de decir no vuelvo a salir más de mi casa.

Por eso es que sin dudas, viajar en una guagua de San Juan a Capital o viceversa, es como confesarse con el diablo diablo en persona y pagar todos los males en la tierra que uno cogió fiado en otra vida.

Hasta luego.

Por Héctor Solís

Periodista / Locutor/ Docente

Productor de Medios de Comunicación

Acerca de Hector Solis

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